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jueves, 6 de junio de 2013

Carta de una desconocida, de Stefan Zweig


Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora. No te inquietes por mis palabras; una muerta ya no quiere nada, no quiere ni amor ni compasión ni consuelo. Sólo quiero una cosa de ti, que creas todo lo que te confiesa mi dolor, un dolor que sólo busca amparo en ti. Lo único que te pido es eso, que creas todo lo que te cuento: uno no miente en la hora de la muerte de su único hijo.



Hace tiempo que tenía ganas de escribir una entrada sobre uno de los libros de Stefan Zweig. Buscando por la estantería he dado con uno de los que más me han gustado hasta la fecha: Carta de una desconocida. Si ya con Mendel el de los libros Zweig me gustó mucho y decidí seguir leyendo más obras suyas, con esta historia terminó de robarme el corazón completamente.

Aquí Zweig saca a relucir su brillante pluma desnudando por completo el corazón de una mujer para mostrarnos de forma muy cercana sus sentimientos, sus pasiones y sus pesares. Esta mujer, cuyo nombre no nos es revelado en ningún momento, escribe en sus últimas horas de vida una carta a un escritor famoso. En dicha carta la mujer se desahoga en palabras lamentando la temprana muerte de su hijo. Un lamento que va dirigido al padre de la criatura, es decir, el escritor. Es en esas líneas donde ella narra toda su vida, y a través de sus palabras expulsa todo lo que llevaba guardando dentro desde hacía años: la primera vez que vio al escritor, cómo llegó a enamorarse de él a sus inocentes trece años, esos encuentros que siempre anhelaba por tener con él y que años más tarde se hicieron realidad. Pero también explica las duras condiciones y humillaciones que tuvo que soportar cuando nació su hijo y la única salida que se vio obligada a tomar para salir adelante por ser una madre soltera y sin ningún tipo de ayuda.

Pero ella no se lamenta en ningún momento de las decisiones que tomó y los sucesos del pasado, y mucho menos le reprocha nada al escritor. Más bien le expresa su gratitud por esos escasos momentos que pasaron juntos, por los sentimientos y las sensaciones que experimentó al enamorarse de él y por ese hijo secreto que tuvieron que era su viva imagen. Lo único por lo que se siente apenada es por el hecho de que en esos pocos encuentros no se acordara de ella, puesto que para él sólo era una mujer desconocida, una más de las muchas con las que había estado y que nunca la correspondería. Pero para ella, aun sabiendo su situación y que sus sentimientos no eran recíprocos, él lo era todo. Era su vida, su único amor y siempre lo amaría.



Stefan Zweig
Es increíble la cantidad de sentimientos contradictorios que pueden llegar a albergar las historias. Sobre todo las que cuenta Zweig. Con su peculiar estilo y su forma de narrar empatizas enseguida con esa mujer desconocida y con sus sentimientos. No puedes evitar dejarte seducir por sus palabras. Su dolor y su tristeza, así como ese amor tan fuerte y apasionado, se vuelven tuyos sin quererlo, dejándote una sensación extraña en el pecho. A mí esta  carta me encantó pero también me desgarró el corazón porque <<no hay nada en el mundo que sea equiparable al secreto amor de una niña que permanece en la penumbra y tiene pocas esperanzas>>.

jueves, 9 de mayo de 2013

Alfred y Emily, de Doris Lessing


Con este libro Doris Lessing -Premio Nobel de Literatura en 2007- hace un regalo maravilloso a sus padres: les inventa otra vida, una vida alternativa y completamente distinta, sin ese monstruoso periodo del siglo XX llamado Gran Guerra que a muchos les arruinó la existencia.

El libro consta de dos partes.

En la primera, Lessing imagina una vida distinta de la que vivieron sus progenitores. A su padre Alfred Tayler, un hombre atlético al que siempre le había gustado jugar al críquet y los niños, le concede ese anhelado deseo que siempre tuvo en vida de tener una granja. Se casa con una buena mujer, tiene hijos y en general vive una vida tranquila y serena. En cuanto a su madre, la enfermera Emily McVeagh, la une en matrimonio con el médico que en la realidad fue el amor de su vida, un hombre de alto estatus social que ofrece a Emily una vida de lujos y fiestas. Y años más tarde, al quedarse viuda, se mete de lleno en su proyecto de fundar escuelas para ayudar a los niños pobres.

Pero lo más importante es que Lessing borra del mapa cualquier rastro de ambas Guerras Mundiales para así ofrecer a los personajes de esa realidad ficticia la felicidad que les fue arrebatada.

Al final de esta novela corta la autora explica un poco en quiénes se había inspirado para crear tal o cual personaje, cómo había construido estas nuevas vidas a partir de fotografías antiguas y de anécdotas que a veces comentaban sus padres. Una novela corta pero intensa y muy agradable de leer.



En la segunda parte, Lessing cuenta la realidad tal y como fue. A su padre, herido de gravedad durante la Primera Guerra Mundial, le tuvieron que amputar una pierna, obligándolo a llevar una incómoda prótesis que le permitía caminar, montar a caballo y en general llevar una vida un poco más normal. Sufría depresión por todo lo que había visto en la guerra y soñaba constantemente con sus camaradas muertos. Y para culminar, padecía de diabetes, una enfermedad que en esa época era difícil de tratar. Doris lo cuenta con tristeza, porque ver sufrir a su padre de ese modo le era imposible soportar. Más de una vez comenta que todos los achaques que padecía su padre –y de su madre también- podrían haberse aligerado con la medicina de hoy en día.

Con su madre, en cambio, no se llevaba muy bien. Es más, la odiaba. Doris soñaba constantemente con fugarse de la granja de Rodesia, incluso llegó a escaparse varias veces cuando era pequeña, sin éxito alguno. Y más adelante, cuando Doris se hizo adulta y se casó, esas discusiones con su madre seguían sacándola de quicio. Era una madre entrometida que nunca dejaba vivir tranquila a su hija. Y eso con el tiempo le acabó afectando. Con sus explicaciones se deja entrever cuán doloroso e insoportable le resultaba tratar con su madre. En incontables ocasiones muestra su impotencia y sus ganas de gritar auxilio para deshacerse de ese agobio que no la dejaba en paz. Doris lo explica de esta forma:


<<¿Casarme para huir de mi madre?>> ¡Me río yo de eso! Cuando venía a visitarme, cambiaba los muebles de sitio, tiraba la ropa que no le gustaba, regañaba al servicio y daba órdenes a la cocinera.
-¿Y por qué nunca le paró los pies? –me preguntaba el psicólogo en cuya consulta acabé años más tarde.
 

Doris Lessing
-Habría sido como pegarle a una niña –fue mi respuesta, aunque cuando le decía algo parecido a: <<Madre, en serio, algún día tendrás que aceptar que ya soy una mujer adulta>>, ella contestaba: <<Pero es que eres una calamidad, no sabes hacer nada de nada>>. Mi marido se reía. Y no podía recurrir a mi padre porque estaba demasiado enfermo.
¿De dónde habían salido esas mujeres amargadas y desquiciadas?  Nosotras teníamos la respuesta. Qué inteligentes eran nuestras discusiones ilustradas por cientos de ejemplos extraídos de las novelas, aunque no recuerdo si nuestros inteligentísimos análisis llegaron a cambiar algo. Sabíamos cuál era el problema. Nuestras madres eran mujeres que debían haber estado trabajando, que deberían haberse ocupado, que deberían haber tenido algún interés en la vida que no fuéramos nosotras, sus atormentadas hijas.


Alfred y Emily es un libro maravilloso donde Doris Lessing no sólo ofrece a sus padres una vida alternativa y mucho mejor que la que tuvieron en vida, sino que también se desahoga con pelos y señales sobre cómo la Gran Guerra afectó a su familia, y por rebote a ella y a su hermano, escuchando una y otra vez desde su más tierna infancia los horrores que vio su padre en el campo de batalla y los pobres soldados heridos de gravedad que tuvo que curar su madre cuando trabajaba de enfermera en el hospital. También nos narra esa relación tortuosa con su madre, las depresiones y los sufrimientos de su padre y el testimonio vivo de su hermano cuando consiguió salvarse del hundimiento del Repulse. No es sólo un libro, es más que una medio novela – medio biografía, es una forma de aligerar el espíritu, un forma más de <<intentar escapar de esta monstruosa herencia, intentando ser libre>>, como bien confiesa la misma Lessing.